domingo, 17 de agosto de 2014

Manresa: Primera Parte.



Camino a Manresa. 
Llegamos de noche en un tren de Cercanía (los que recorren la periferia de Cataluña), estábamos cerca de los 0°C,  la velocidad de los vientos reducía la gélida temperatura de mi friolento y nada acostumbrado cuerpo mexicano.  Al frío no lo conozco, yo estoy moldeada para los 12°C del típico invierno en Guadalajara, sin más.

 Por el contrario, la temperatura no me afectaba en mucho al tener mi corazón inflamado por tan grande emoción de encontrarme con la misma tierra que pisó San Ignacio de Loyola, un Ignacio convertido y convencido de que su vida tenía que cambiar para darle gloria a su Creador.
Para quien no conoce a San Ignacio, o solamente ha escuchado su nombre, o bien, de los Jesuitas (Compañía de Jesús), les hago una breve introducción: 

San Ignacio de Loyola
San Ignacio de Loyola fue un gallardo caballero, fue un noble proveniente de Azpeitia, España, el cual tenía
ideales grandes, ideales propios de un militar del ejercito español.  Él lideró  la batalla de Pamplona contra los Franceses;  un hombre valiente sin duda, entregado a su patria.  Sin embargo, en esta batalla sale gravemente herido por una bala de cañón, destrozándole una pierna e hiriéndole la segunda.  Rápidamente lo llevan con ayuda de franceses, éstos mismos le respetaban por su gran ímpetu por defender su país. Al salvar su vida, los médicos le dieron la noticia que había estado cerca de perderla, así mismo había quedado con un defecto que impediría usar sus botas; al escuchar esto Loyola, se exaltó y dijo en seguida que le acomodaran de nuevo la pierna, pues no podía dejar de pensar en su noble dama, a quien conquistaría con su estampa de apuesto varón.  De esta manera los médicos no tuvieron más remedio que repararla a sangre fría, sin anestesia, sin más que un trapo entre los dientes.


San Ignacio de Loyola herido en la batalla de Pamplona
Así fue como nuestro hidalgo después de esta tormentosa hazaña permaneció varios meses en cama. Siendo un ávido lector de novelas de caballería pidió que se le trajesen las que había en esa casa, sin embargo solo le llevaron vidas de santos y la Biblia, no había más. Comenzó a leer todo lo que le llevaban, mientras que Dios actuaba en su alma. Ignacio cada vez que leía las heróicas vidas de santos decía: “Si éste hizo esto, entonces yo también. Y si tal otro hizo esto por amor a su Señor, entonces yo también”.

Una vez convertido, decidió dejar todas sus nobles empresas para dedicarse a la vida ascética; a la oración, al ayuno,  y después dirigirse a Tierra Santa, donde vivió nuestro Señor Jesucristo. Antes de su partida a tan lejanas tierras, encilló su corcel y viajó a las montañas de Montserrat para velar sus armaduras toda la noche ante la Vírgen morena. La vela de armadura lo hacía todo joven que se convertía en caballero, una noche antes de su nombramiento por el rey tendría que velar sus armaduras frente al altar.
Vigilia previa al nombramiento de caballero, frente al Altar.
“La nobleza sola parecía insuficiente sin la caballería. Siguiendo el ritual establecido, la víspera veló (San Fernando III Rey de España, 1220 d.C.) las armas en el monasterio de las Huelgas. Tras lavarse el cuerpo y purificar el alma con la confesión, pasó la noche entera en el interior del templo, a ratos de pie, a ratos de rodillas, en oración sostenida, ya que “la vigilia de los caballeros - según se lee en un viejo texto-  non fue establecida para juegos, sino para rogar a Dios que los guarde, e que los enderece, e alivie, como a omes que entran en carrera de muerte”. [1]
Solo Dios sabe lo que éste santo varón le dijo a la Santísima Virgen aquella noche. Puso sus armaduras
frente al altar ofreciéndolas, para que al día siguiente saliera del monasterio como un hombre de Dios.
Regaló sus vestiduras a un mendigo, compró un sayal de textura áspera, se descalzó y comenzó su viaje hasta Manresa, pues era un pueblo intermedio donde decidió pasar solo un breve tiempo para refugiarse en una cueva y comenzar su vida de oración, penitencia y pobreza.




Pont Vell, puente construido en el siglo XII por donde pasa  el río Cardoner.   

Aquí tuvo varios encuentros místicos, una de ellas fue “la visión del Cardoner”, donde Dios le revela el misterio de la Santísima Trinidad. Se llama del Cardoner, ya que éste es un río que pasa justo delante de la cueva del santo; así mientras él observaba el afluente comenzó a tener estas luces espirituales.  Cabe mencionar que el famoso libro de los Ejercicios Espirituales lo escribiría en esta misma cueva. Los Ejercicios han  convertido a miles, incluso innumerables santos cambiaron su vida de pecado al practicarlos.  
Capilla de la basílica Santa María de Seu, debajo del altar mayor.  En el altar se tienen reliquias de protomártires. 
Después de 11 meses en Manresa, San Ignacio se ve impedido de realizar su viaje a Tierra Santa, por lo que se va a estudiar a Francia y comienza a formar lo que sería más adelante la Compañía de Jesús.

Altar lateral de San José
 Basílica Sta. María de Seu.
Era tanta mi alegría por estar en este pueblo que cada día visitaba la basílica de Santa María de Seu, donde el párroco me platicó que San Ignacio pasaba horas y horas orando ante el altar lateral de San José. Así bien, yo me acercaba a éste para pedir su intercesión, desconociendo en ese momento el tremendo patrocinio que el Señor San José ejercería durante todo mi viaje. Él fue mi santo patrono en mi travesía durante los 6 meses en Europa.

Manresa fue un buen comienzo para lo que después sería toda mi peregrinación por todo el “viejo continente”.



 [1] Sáenz, Alfredo. "San Fernando". Colección Patria y Cielo. Ed. APC. Guadalajara: 2006.


Vista desde la basílica Santa María de Seu, al fondo a la izquierda esta la Cueva de San Ignacio, con edificios de la Compañia de Jesús. 

Basílica Santa María de Seu al fondo.  Foto desde el puente del Cardoner, el mismo que cruzó San Ignacio de Loyola cuando llegó a Manresa. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario