domingo, 28 de septiembre de 2014

Manresa: Segunda Parte



San Ignacio de Loyola en la Cova de Manresa
escribiendo los Ejercicios Espirituales dictados
por la Santísima Virgen. 
Quisiera hablar acerca de lo maravilloso que es pisar Manresa, tierra que fue testigo latiente del penitente Vasco, de aquel que decidió vender todo para comprar la perla más preciosa.

Cuando llegué y visualicé el puente antiguo que atraviesa el río Cadoner, entrada a Manresa, solo podía imaginar a San Ignacio caminando con su sayal bien puesto, decidido a desgastarse los pies descalzados, y a encallecer ese par de rodillas que le servirían de soporte para sus largas jornadas de oración en la Basílica de Santa María de Seu, o en la misma cueva donde se refugió once meses.

De esta singular cueva es de la cual quiero hablar. Después de estar una semana en Manresa, el último día me decidí a visitar la “Cova” (como es llamada por los lugareños en catalán). Quise aprovechar la visita desde primera hora, pues la celebración eucarística era a las 7am. Así que me levanté a las 5am, salí a las  6am, tomé un bus hacía la Cova y subí una empinada cuesta para llegar a la Santa Misa.
Ejemplo de Sayal como el que pudo haber usado San Ignacio
en Manresa. 

 ¡Cuánta ilusión me hacía visitar la Cova!, el cariño que le tengo a San Ignacio es muy grande. Es mi gran maestro espiritual que el mismo Instituto Miles Christi (instituto de origen argentino al cual pertenezco en la parte de los laicos universitarios), me ha inculcado a través de los Ejercicios Espirituales. Cabe mencionar que este gran Instituto me ha inculcado un gran amor a la Santísima Virgen de los Dolores, al prudentísimo San José y al Papa.

Llegué  pues a la Cova, aún era de noche. Finalmente había llegado después de ser perseguida por unos ladridos de perros, una cuesta tortuosa y las bajas temperaturas para mi pobre cuerpo mexicano fuera de condición. Sin embargo, todo esto valía muchísimo la pena.
¡El llegar a la Iglesia jesuita fue maravilloso! Uno tiene que cruzar la parte lateral de la Iglesia para introducirse a un pasillo largo para llegar a la pequeña cueva que está hecha capilla.

La santa Cova entre la arquería. Arriba fue edificado un edificio de la Compañia
de Jesús. 
Solamente caben en la Cova unas 6 sillas, 3 a manera de fila de cada lado.  Al terminar la Santa Misa, me quedé a hacer mi acción de gracias, pero tremenda sorpresa me llevé cuando vi que todos los fieles, incluyendo el sacerdote, salieron disparados para desalojar la Iglesia.
Me hicieron señas que iban a cerrar, por lo que desesperadamente busqué al sacerdote afuera del recinto, y antes de que cerrara le rogué que me permitiera quedarme más tiempo, pues era mi último día en Manresa.  Supongo que me vio con tal insistencia y desesperación, que no tuvo más remedio que regresarse y permitirme el acceso.

Puente que cruza el río "El Cardoner". Entrada a Manresa.
Volvió a prender las luces de los pasillos que dirigían hacia la Cova, y antes de encender todas me dijo el Jesuita extrañado: “¿…y qué vas a hacer tantas horas?, hasta las 10:30am abrirán la tienda de souvenirs” (solo a través de la tienda de souvenirs podía salir de la cueva). Aunque los guantes dobles y mi ropa térmica que traía comenzaban a perder su efecto en la fría cueva, a mí no me importaba pasar todo el día en el recinto si fuese necesario; me hacía mucha ilusión quedarme rezando en el mismo lugar donde San Ignacio escribió los Ejercicios y pedir infinidad de gracias.

Además, yo traía toda esa montaña de ropa y abrigos. San Ignacio sólo su sayal y seguramente descalzado. Esto me dio pie para hacer una profunda reflexión acerca del gran amor a Cristo y el querer parecerse a Él. Qué gran alma de éste caballero de Dios, que para purificarse tuvo que ser un verdadero eremita en las cuevas de Manresa. Yo solo tenía comodidades.

El sacerdote al verme empecinada con mi petición, me dio las claves de seguridad que abrían las puertas de la cueva hacia la casa-oficinas de los Jesuitas, por si requería de ir al sanitario. Era un laberinto en donde me encontraba. Sea dicho de paso, nunca necesité la clave, el tiempo se me hizo corto estando en la cueva.

Interior d la "Cova" de San Ignacio.  Ahora es una hermosa capilla.
Cuando abrieron a las 10:30am, junto con la señora de la tienda de suvenirs venía caminando a paso decidido un sacerdote alto y delgado, con hábito negro, sombrero de ala y un maletín. Permanecí en la cueva esperando poder hablar con el sacerdote, quería averiguar de dónde venía pues no me pareció que fuese Jesuita. Salió de la sacristía y al verme sola en la Cova me preguntó mi procedencia. Después de charlar un rato me di cuenta que era un sacerdote religioso, de una congregación argentina. Dios me había dado la gracia de conocer al superior de la “Legión de Cristo Rey”, el RP. Jorge Piñol, quien hace 40 años no regresaba a su tierra natal, Manresa, y ahora tenía oportunidad de celebrar la Misa en la Cova.

Pasillo que conduce a la Cova de San Ignacio. 
Qué gracia tan más grande de conocer a este santo sacerdote. Me invitó a la Santa Misa, a la cual asistí por segunda vez en el día. ¡Nunca olvidaré esta celebración Eucarísitica!, ¡el grandísimo fervor de éste santo sacerdote inundaba aquella cueva!

Al final de la Misa, fuera de la Cova, me mostró a lo lejos las escarpadas montañas de Montserrat, primera parada de San Ignacio antes de llegar a Manresa. 

No cabe duda que Dios da a manos llenas, pues durante todas esas horas que estuve en la cueva, entre otras cosas me dediqué a hacer un buen examen de conciencia para una confesión general. Después de la Misa, al encontrarme inesperadamente al Padre Piñol le pedí me confesara, cosa que me pareció bastante Providencial.


A la entrada de la Cova con el R.P. Jorge Piñol. (lamentablemente salió fuera de foco).

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